Sipnosis:

Samuel es un niño que tras la ruptura con su novia Iciar y el fin de su amistad con todos sus amigos se queda solo. Pero eso no será lo peor, sufrirá una tragedia que recordará toda su vida, la muerte de un ser querido.

domingo, 13 de mayo de 2012

Capítulo quinto: ¿dónde está Ángela?

 Me despierto en la camilla del hospital, todo ha sido un sueño. Mi madre descansaba junto a mí sentada en un silla BLANCA... 
 -¿Sigo en un sueño? -me pregunté en silencio.
 Alguien entró en la habitación, por su vestuario supuse que era una médica. Ella, se dirigió a mi madre para despertarla:
 -Eh, señora -le dio unos cuantos toques en el hombre y como no obtuvo resultado siguió-: disculpe, señora.
 -¿Está muerta? -pregunté sin preocupación.
 Ya se había muerto Ángela, en esos momentos, me daba igual quien muriese, ¿mi madre? Pues una más, ¡que más da!
 -No, cariño no -me respondió mi madre y luego se dirigió a la enfermera-: ¿Qué quiere?
 -Verás, hemos considerado necesario darle el alta a su hijo, pero debería tener atención mental, es un gran choque para él y puede que...
 -Eso ya lo decidiré yo si lo considero necesario y si él quiere -dijo mi madre tomando toda la responsabilidad.
 Salimos de la habitación y fuimos a pedir el alta a recepción, mi padre nos esperaba fuera asustado y parecía que el tampoco iba a hablar en todo el trayecto. 
 Entré en el coche y, como dije, NI UNA PALABRA.
 Pero yo quise decir una cosa:
 -Mañana quiero ir a la escuela.
 -¿Qué dices hijo?
 -Que si no voy acabaré matándome.
 -Vale, vale, mañana irás. 
 Llegamos a casa y fui a la cama sin ni siquiera ponerme el pijama. 
 En toda la noche casi no pude dormir y cuando lo hacía no soñaba, oía voces diciéndome:
 -¿Dónde está Ángela?
 Y yo lloraba sabiendo que no estaba, y que no iba a volver. Seguía pensando en lo joven que era, tan solo dieciocho años, es una injusticia.
 Me desperté a las once y media, aún llegando tarde, quise ir a clase para quitarme el tema de Ángela. Entre que me vestí, desayuné y todo llegué a las doce y cinco. 
 Entré en clase:
 -Hola, lo siento, se me fue la hora.
 El profesor me empezó a tratar como a un enfermo y dijo que no pasaba nada... No me he muerto yo, se ha muerto ella...
 Me senté en el sitio que me tenía que sentar... Al lado de Iciar, correctamente la saludé con una sonrisa:
 -Hola... Iciar.
 Me miro, me quitó la mirada y se despidió:
 -Adiós...
 Me senté, atendí a toda la clase y mi propósito había funcionado. Después de un rato llegó la hora del recreo, ¡MIERDA!, me quedé sentado en las escaleras de la entrada principal, oía susurridos y muchas veces mi nombre, la gente me señalaba disimuladamente y de repente, sentí un enorme puñetazo es la espalda. Y una voz que me susurró:
 -¿Dónde está Ángela?

sábado, 12 de mayo de 2012

Capítulo cuarto: frías lágrimas.

 Abro los ojos, miles de preguntas pasan por mi cabeza pero la más grande es: ¿Todo ha sido un sueño?
 Oigo a mi madre llorar y la mitad de mis preguntas son resueltas. Pero una más aparece: ¿Ángela está muerta?
 -Mamá, mamá.
 Mi madre se limpia las lágrimas y se acerca a mí:
 -Valla, ya te has despertado, ¿qué quieres?
 -Ángela, ¿está muerta?
 -No se va a morir.
 Me levanto de golpe y los mareos vuelven pero ya me dan igual, me miro en el espejo, y todavía quedan restos de lágrimas. Mi cara tiene un toque apagado, negro, oculto. Ya no se me apetece llorar.
 El tiempo empezó a correr despacio y yo esperaba una llamada que me afirmara que mi hermana estaba viva, aveces dudaba, me preguntaba como sería la vida sin ella, y el tema de Iciar y mis amigos ya no me importaba.
 El teléfono sonó, y yo no sabía si cogerlo, dada por hecha mi decisión, lo cogí:
 -¿Papá?
 -Si hijo, soy yo.
 -¿Ha... ha muerto?
 -No, pero todavía no se sabe, dile a tu madre que te traiga aquí.
 -Vale, se lo diré.
 Colgué y las lágrimas volvieron.
 -Mamá, dice papá que vallamos al hospital.
 Mi madre, sin palabras, asintió, cogió las llaves y el móvil y los dos nos fuimos al garaje, tras subirnos al coche supe que sería el trayecto más largo de mi vida. Mamá no hablaba, yo hacía preguntas pero ella no respondía, iba pendiente de la carretera, y de no llorar delante de mí.
 Comprobé mi cara en el retrovisor y había cambiado un poco, yo había cambiado, al oír que no estaba muerta di una esperanza más, pero luego recordé lo que había pasado y volvió a ser la cara de antes, creía imposible que sobreviviese, pero quedaban posibilidades que daba por el amor que le tenía a ese ejemplo que siempre seguí, esa bella chica, esa simpática chica, mi hermana.
 Después de una hora en el coche mi madre aparcó.
 -¿Este es el hospital?
 Otra pregunta sin respuesta.
 Mi madre fue hacia la puerta esperando que la siguiese, y así lo hice. Preguntamos en recepción y tras saber su habitación fuimos hacia ella.
 Mamá entró de golpe, pero yo me quede unos segundos afuera. La puerta esta entrecerrada, por lo que pude ver a mi hermana, no me dejaron entrar cuando por fin me decidí a hacerlo. Me quedé sentado en una silla.
 Por culpa del aburrimiento y la ansiedad tuve que ir al baño, por hacer algo. El ida y vuelta duró más de veinte minutos. Cuando estaba hiendo vi a mi hermana en la camilla y también vi que la estaban tapando. No sabía muy bien lo que pasaba, así qué fue corriendo.
 -¡No, no! -gritaba mi madre mientras abrazaba a mi padre.
 Ya lo entendía todo, había muerto.
 -Ángela, Ángela.
 Le quité la manta con la que le habían tapado y la cogí.
 -¡ÁNGELA!
 Le abracé, todos intentaban separarme de ella pero no solté su cuerpo inerte.
 Le aparte el pelo de la oreja despacio con mi mano temblorosa y le susurré al oído:
 -Despierta mi vida, despierta, Ángela, despierta.
 Después al ver que no daba resultado grité:
 -¡DESPIERTA, ÁNGELA, DESPIERTA!
 Por cada vez que la nombraba mil lágrimas soltaba. Mi mundo se había terminado. Después de unos cuantos intentos, los médicos lograron soltarme de su cuerpo gracias a mis temblores.
 -No, por favor, ¡ÁNGELA! ¡POR FAVOR, DESPIERTA!
 Me inyectaron algo en el cuello con lo que me dormí.
Aparecí en una cama blanca, en una habitación blanca, con ropa blanca, todo blanco, y pensé: ¿estoy muerto? Pero no, ni muerto, ni vivo. Ángela estaba conmigo. Ella estaba con ropa blanca acostada a mi lado y me dijo:
-Acompáñame.
Pasamos por pasillos largos, todo blanco, y bajamos unas escaleras, a la entrada de la casa vi un piano blanco en el que me senté y toqué para ella, para Ángela. Fue como si estuviese viva, toqué y toqué, con sonrisas en mi boca, y provocando otras sonrisas a ella. En esos momentos descubrí que bello es vivir feliz y que no me quería despertar, quería pasarme la vida tocando para Ángela en esa habitación blanca.
 Al despertarme. nadie estaba en la habitación del hospital en la que me encontraba, con la melodía del piano grabada en la cabeza, me dirigí hacia la ventana del hospital. La lágrimas volvieron, me asomé a la ventana decidido a tirarme y solté un montón de frías lágrimas.